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Vampiros y los juegos de rol (parte 1)

Es curioso lo que pasa cuando uno toma conciencia de sus vicios (verbigracia, una galopante adicción al World of Warcraft): miras al mundo con otros ojos, te das cuenta que tu correo-e está literalmente inundado y que Baúl Bizarro está más parado que un gato de escayola.

Mea culpa.

¿Y qué mejor forma de decir lo siento que publicando un artículo de otra persona? al menos él es una persona cumplidora, amante de la ley y el orden y que tiene un conocimiento profundo de los temas que trata: ¡nuestro particular pozo de sabiduría, el señor Magus!. Paradójicamente, este artículo lo esperaba yo con ansia ya que este caballero es uno de los mejores y más informados directores de Vampiro que conozco. El caso es que dada la longitud del texto y para que no se nos muera nadie de empacho me veo en la necesidad de dividirlo en dos partes, una sobre los vampiros en general y otra dentro del mundo del rol (bueno, la verdad es que también lo hago para que el editor del blogger no me lo mande a freir espárragos)

En fin, y sin alargarme de más veamos qué tiene que contarnos nuestro colaborador más dicharachero sobre el tema...


VAMPIROS Y JUEGOS DE ROL


¡Mi propio hermano se ha convertido en un vampiro de mierda! ¡Ya verás cuando mamá se entere!

-Jóvenes Ocultos.


Me encontraba el otro día leyendo información sobre las recientes elecciones en los Estados Unidos cuando pensé: “¿Por qué no un artículo sobre vampiros y juegos de rol para Baul Bizarro?”.

Tras echar un vistazo a la clase más humilde de los muertos vivientes daremos ahora un giro para conocer a la crema y nata de la sociedad de los no muertos: los vampiros.

Desde prácticamente sus inicios la humanidad ha creado historias sobre criaturas depredadoras, bien demonios, muertos vivientes o seres sobrenaturales que se alimentan de los humanos o procuran atormentarlos de alguna forma. Desde los ekimmu mesopotámicos, la Lilith semita, lamias, empusas, lemures y larvae grecorromanos, ogros y gules indios y árabes, gurumuka australianos, chiang shi chinos, gaki japoneses, strigoi eslavos, varg escandinavos, civateas precolombinos…la lista de este tipo de criaturas es interminable.

Estos depredadores surgidos del folklore, mitos, leyendas y religiones, a pesar de su diversidad comporten un interés mutuo por atormentar a la humanidad de alguna forma, bien debido a alguna maldición ancestral o algún propósito infernal que les lleva a alimentarse de los vivos. Aunque no siempre se alimentan de sangre, ésta ocupa un lugar esencial en su dieta como líquido esencial de la vida.

Durante siglos toda esta colección de terribles depredadores acechó en los relatos de sus diferentes culturas, embrujando los sueños de la humanidad, y aunque compartían cualidades vampíricas como depredadores y parásitos, son muy diferentes del concepto de vampiro tal y como lo conocemos ahora.

Durante los siglos XVII y XVIII se produjeron varias epidemias de rabia y otras enfermedades infecciosas en Europa Oriental cuyos efectos se confundieron con los mitos locales que asociaban la ausencia de descomposición en los cadáveres a los poderes malignos y dieron pie a varios rumores y leyendas que afirmaban que los muertos regresaban de sus tumbas para beber la sangre de los vivos, matándolos y contagiándolos con su condición maldita. Varios de estos rumores incluso contaron con el testimonio escrito de eclesiásticos y científicos de la época, lo que llevó a la reacción escéptica de la sociedad: varios eruditos de la época escribieron ensayos sobre el fenómeno, considerándolo una superstición fruto de la ignorancia de los campesinos, e incluso las autoridades civiles y eclesiásticas realizaron varios informes y emitieron órdenes para acabar con los temores supersticiosos. Sin embargo, la sociedad campesina de Europa Oriental siguió aferrándose a los rumores sobre la existencia de los no muertos hasta bien entrado el siglo XX.

Estos primeros “vampiros” eran muertos vivientes de aspecto sonrosado e hinchado, escasa inteligencia animal y que incluso podían caminar a la luz del día. Solían alimentarse de sus familiares y vecinos y eran especialmente contagiosos, pues no sólo infectaban con el vampirismo a las personas de las que se alimentaban, sino en ocasiones también a las bestias. Los esfuerzos para combatirlos eran igualmente pintorescos, como enterrarlos cabeza abajo, clavarlos con estacas al ataúd, utilizar elementos religiosos, quemarlos…algunos religiosos incluso llegaron a aprovecharse de la ignorancia de los campesinos, lo que llevó al Papa Benedicto XIV a amenazar con la excomunión a quienes fomentaran la superstición para beneficiarse del cobro de exorcismos y misas.

En 1751 el abad francés Augustin Calmet recogió en un tratado varios de los casos de vampirismo ocurridos en Europa Oriental y los consideró fruto de supersticiones e ilusiones. Este tratado se tradujo a diversos idiomas y se extendió por los países europeos, provocando la participación de varios filósofos y científicos de la época que reafirmaron la existencia del vampirismo como fraude.

Pero no era tan fácil librarse de los vampiros…


LOS VAMPIROS EN LA LITERATURA

Paralelamente al debate científico sobre los rumores que surgían de Europa Oriental, el vampirismo se abrió paso en la literatura de la época. El primer texto literario sobre los vampiros conocido es un poema alemán de 1748 de Heinrich August Ossenfelder, que no obstante no tratada realmente de criaturas no muertas, sino de un joven enamorado que ante la resistencia de su recatada amada a sus avances amorosos la amenaza pícaramente con convertirse en un vampiro y vengarse de ella visitándola de noche para demostrarle que su amor es más fuerte que su fe.

Durante el resto del siglo XVIII el vampiro aparece en las baladas y poemas góticos de la época, como una criatura que trasciende la muerte y es portador de un amor fatal que conlleva la perdición de quien sucumbe a su encanto. Estos elementos continúan durante el siglo siguiente.

Los vampiros no entran en la literatura en prosa hasta 1819 con la publicación de “El vampiro” de John Polidori, escritor y médico personal del famoso poeta Lord Byron. El relato, escrito en inglés a partir de un borrador del propio Byron, encontró una acogida favorable, y mostraba a Lord Ruthwen, el estereotipo del vampiro romántico, como un aristócrata pálido y siniestramente hermoso, que se aleja definitivamente del monstruo no muerto y bestial del folklore campesino.

La novela de Byron tuvo un éxito impresionante, iniciando una “moda vampírica” que se extendió por Inglaterra y varios países europeos, especialmente Francia y Alemania, donde se escriben los principales relatos vampiros del siglo XIX, asociados primero a la literatura del romanticismo y posteriormente a otros estilos literarios. Todos ellos presentan al vampiro con diversos elementos y descripciones, aunque se mantienen los rasgos vampíricos de la no muerte y la alimentación de sangre.

Sheridan Le Fanu, un autor irlandés, escribe otro relato clásico del vampirismo en 1872: “Carmilla”, con un fuerte contenido homoerótico que ya se vislumbraba en las primeras vampiras góticas. Este amor perverso y condenado a provocar la muerte de sus víctimas tendría una gran influencia en relatos posteriores y se abriría paso hasta la televisión y el cine.

Bram Stoker, en su novela “Drácula” (1897) resumiría todos los elementos de la literatura romántica y vampírica anterior, convirtiéndola sin duda en la obra más representativa y conocida de todo el género, creando un seductor personaje que se convertiría en el vampiro por excelencia y marcaría las adaptaciones artísticas y literarias posteriores. La novela de Drácula se presenta como un documento veraz y realista, introduciendo elementos científicos de la época y en cierta manera constituye una confrontación entre la superstición y la modernidad.

Finalmente, durante el siglo XX el vampiro se adentra en todos los géneros literarios a nivel mundial: terror, fantasía, ciencia-ficción, etc, y se convierte en uno de los monstruos clásicos de la literatura. Entre las obras de este siglo destacan autores como H.P. Lovecraft, Stephen King, etc. La principal aportación de la literatura de este siglo consiste en la “humanización” del vampiro, que pasa de ser adversario a protagonista y héroe. Mención especial requiere la saga de novelas iniciada en 1973 por la autora estadounidense Anne Rice con “Entrevista con el Vampiro”, en la que los vampiros se convierten en protagonistas y héroes indiscutibles y muestran sentimientos cada vez más humanos.

Entrado el siglo XXI, la literatura de vampiros se ha mezclado con todo tipo de géneros: infantil y juvenil, intriga, romance, erotismo, y el género acusa cierta sobresaturación, repitiéndose los mismos tópicos una y otra vez. Sólo el tiempo dirá cuál es el nuevo rostro del vampiro del futuro, aunque la tendencia es de una humanización cada vez acentuada y una explicación más científica y racionalista del fenómeno del vampirismo.


LOS VAMPIROS EN EL CINE Y LA TELEVISIÓN

Era inevitable que el vampiro se adentrara desde la literatura de entretenimiento a otros medios y espectáculos. Desde los inicios del cine, el vampiro apareció en las primeras producciones. En los inicios del cine el director George Mèlies incluyó vampiros, demonios y otras criaturas en sus películas. Los derechos de la novela “Drácula” fueron adquiridos para su adaptación teatral y de ahí al cine. Aunque a principios de la década de 1920 ya se habían filmado dos adaptaciones cinematográficas en Hungría y Rusia (hoy desaparecidas), fue “Nosferatu” (1922) del director alemán F. Murnau el primer gran clásico del género de vampiros. Basada en la novela de Drácula, para evitar el pago de derechos de autor el director presentó al deforme conde Orlock, un vampiro con aspecto de monstruoso roedor que viaja desde su ruinoso castillo en Transilvania a la ciudad de Bremen. La viuda de Bram Stoker presentó una demanda y consiguió que se ordenara la destrucción de la película, aunque por fortuna sobrevivieron varias copias en la clandestinidad.

Aunque “Carmilla”, “Entrevista con el Vampiro” y otros relatos vampíricos también han sido adaptados (aparte de las historias originales directamente escritas para el cine), sin duda ha sido el Conde Drácula el más exitoso de los vampiros cinematográficos, tanto por número de películas, como por su influencia estilística en otras producciones y en la cultura popular. Desde las interpretaciones clásicas de actores como Bela Lugosi y Christopher Lee, hasta la de Gary Oldman en la década de 1990, la figura del vampiro ha quedado marcada como la de un aristócrata (generalmente de Transilvania o de Europa Oriental), de aspecto pálido y figura seductora con un apetito insaciable por la sangre, y con elementos como la transformación en murciélago, hábitos nocturnos, servido por bestias, mirada hipnótica y vulnerable a la luz del sol, las estacas de madera y a nivel secundario, otros elementos.

De la misma forma que ha ocurrido con la literatura, el vampiro se ha mezclado con otros géneros cinematográficos: comedia, infantil, ciencia-ficción, erotismo, pornografía, etc., con mejor o peor fortuna, y desde el cine también ha entrado en la televisión: “Los Monster”, “Dark Shadows”, “Forever Knight” “El pequeño vampiro”, “Buffy Cazavampiros”, e incluso en las ovas y series anime japonesas: “Vampire Hunter D”, “Trinity Blood”, “Vampire Princess Miyu”, “Blood, el Último Vampiro”…la lista es interminable y el elemento del vampiro se ha extendido por todos los ámbitos, bien siguiendo los estereotipos tradicionales y clásicos o adoptando versiones adaptadas a los requisitos de la ciencia-ficción y otros géneros.


(2ª parte del artículo)
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